| Fotografía del rodaje de "Twin Peaks" |
(Por el bien de este artículo, el siguiente artículo contiene spoilers)
Twin Peaks (1990 – 1991) supuso un antes y un después en la ficción televisiva. Pasamos de una estructura episódica sin apenas evolución y con una puesta en escena puramente teatral; a la implementación del lenguaje fílmico de vanguardia y el uso de una estructura de narración continuada a través de dos temporadas y una serie que comparten un universo y un misterio en común que se desarrolla con el paso de los episodios. Todo lo que hoy damos por sentado en la masiva producción de los servicios streaming, lo inventaron el guionista Mark Frost y el director David Lynch en la archiconocida serie. Si bien, la filmografía del director norteamericano es conocida y venerada, principalmente por su estilo característico y su ruptura de las convenciones cinematográficas dentro del cine americano; no tan conocida es su carrera como creador y director de series tan únicas como cabrían de esperar. Más allá de las tres partes de Twin Peaks, Lynch figura al menos en otras dos series para televisión y en dos series web, a parte de su participación en varias campañas publicitarias. Aquí analizaremos estas piezas y que función desempeñan dentro de la obra completa del director.
Bajo la productora de ambos, llamada Lynch/Frost Productions, se da luz verde a Crónicas americanas (1992), un proyecto de Mark Frost compuesto por piezas documentales que recorren los lugares más recónditos de la vida estadounidense. La serie no gozó de ningún éxito, en parte por su lanzamiento limitado, ya que por ejemplo en España, solo se llegaron a emitir siete de los trece episodios. En todo caso, la involucración de Lynch en el proyecto, más allá de la labor de productor, es desconocida, siendo el verdadero artífice Frost.
Mayor papel desempeñó en la producción de En el aire (1992), donde aparece acreditado como productor ejecutivo y creador junto a Mark Frost, además de director del primer capítulo. Tras el éxito de Twin Peaks, Lynch y Frost desarrollan esta sitcom ambientada en los cincuenta. Nos encontramos en una cadena televisiva de poca monta llamada ZBC, que se dispone a lanzarse al estrellato con el estreno de El show de Lester Guy, pero nada sale como la planeado. El plató se encuentra lleno de freaks similares a los que pueblan Twin Peaks, aunque con un extra de humor y parodia ejemplificadas en unas actuaciones exageradísimas. Ya sea un actor creído y pretencioso en desgracia, un director centroeuropeo que apenas habla inglés un tanto estúpido, una actriz que representa el modelo de rubia tonta obsesionada con su madre o el autoritario presidente de la cadena. Las interacciones entre estos personajes dan pie a situaciones absurdas y cómicas de lo más disparatadas. En el clímax del primer capítulo, la emisión del programa sale mal convirtiéndose en un seguido de sketches en clave de slapstick.
Los siguiente seis episodios repiten la estructura con un nuevo programa y nuevos problemas en el estudio, aunque las aportaciones de Lynch en el resto de la serie se limitan a la participación en el guion del último capítulo junto a Robert Engels, guionista en varios episodios de Twin Peaks. La serie no fue renovada, cayó en las malas prácticas de la cadena ABC que la renegó a un mal horario y no llegó a emitir más que tres de los siete episodios en EE UU, siendo publicada íntegramente únicamente en Europa y posteriormente en formato video.
Si analizamos la serie dentro de la obra del cineasta encontramos varias reminiscencias a su obra anterior y posterior. Primero en el uso y participación de parte del equipo de Twin Peaks, tanto en el guion con Frost y el anteriormente mencionado Engels, como en el cast, repitiendo Ian Buchanan y Miguel Ferrer. Por otro lado, encontramos, temas recurrentes en sus cintas anteriores como los años cincuenta. Su fascinación plástica y estética por dicha década en la cultura norteamericana, aquí en la traslación a dichos años, pero que podíamos encontrar por ejemplo en el aspecto de los personajes de Terciopelo azul (1986). También el retrato de la sociedad americana, aquí a través de injertos de los espectadores del programa, desde una familia de inmigrantes de aspecto italiano a un cowboy junto a su caballo blanco.
Igual menos explorado para el director sería el ámbito de la comedia. No es que sus películas no tengan un humor particular, como en el asesinato fallido de Mulholland drive (2001), pero aquí abraza el humor burdo y más naíf y estúpido. Podemos encontrar el origen de este humor en One saliva bubble, un guion coescrito por Lynch y Frost que nunca llegó a realizarse. Nos encontramos un encadenado de chistes muy estereotipados y tontos pero eficaces, principalmente por su fisicidad. Chistes muy visuales como la llamada del jefe de la cadena cabreado, resuelta con una enorme llamarada saliendo del teléfono. También, y creo que el toque más lynchiano, el personaje de Blinky, uno de los responsables del sonido del programa que como dice una voz en off, ve 25,62 más que el resto de personas. No solo supone una ruptura por la intromisión de una voz en off y una señal que señala al personaje, sino por como la serie adopta un punto de vista subjetivo que muestra una visión de la realidad alterad y plagada de elementos surrealistas como muñecos de Papá Noel o perros.
Hotel Room (1993), la despedida de la televisión de Lynch hasta la tercera temporada de Twin Peaks, fue una idea original de Monty Montgomery para HBO. La idea era una colección de relatos escritos por algunos de los escritores y novelistas más importantes del momento que tenían como nexo común la habitación 306 del hotel Railroad, acontecidos en tiempos diferentes. La serie no paso del piloto y apenas se grabaron tres capítulos, dos de ellos dirigidos por David Lynch, el restante fue realizado por James Signorelli, nombre asociado al cine de explotación y al conocido programa de televisión Saturday Night Live.
El primer capítulo, llamado Tricks, acontece en el año 1969. Una pareja llega a la habitación 306, poco a poco, se desvela que se trata de una prostituta (Darlene) contratada por el hombre (Lou), y con la posterior aparición de un viejo amigo de este (Mou), surge un halo de misterio entorno a la muerte de su mujer. Posee una estructura conversacional carente de ninguno elemento de extrañeza, más allá del misterio que envuelve la trama. Si es muy lynchiana la puesta en escena, no por la presencia de elementos surrealistas, pero si en la construcción de un espacio muy similar a los cuadros de Edward Hopper, claro referente del director, cuya influencia puede verse en Terciopelo Azul y puede recordarnos al dantesco hotel de Barton Fink (1991, Joel Coen). Espacios angostos y coloreados de verdes y rojos, iluminados de luces artificiales y amarillentas, con personajes vestidos con estética noir que resultan anacrónicos.
Más cercano a la estética del director, aunque igual de contenido es el episodio final Blackout. Ambientado en 1936, una pareja (Danny y Diane) llegan al hotel, el día de un apagón. La falta de luz agrava el delirio de Diana que no supera la muerte de su hijo. La estructura es muy similar a la anterior, una larga conversación con variaciones en posición en la habitación. Aquí se emplea el recurso del apagón para iluminar empleando velas y una iluminación muy tenue limitada a los rostros de los protagonistas. La atmósfera se completa con el uso de una banda sonora jazzera a cargo de Angelo Badalamenti y la presencia de sonidos de lluvia.
Las conexiones más puras con la obra del director vienen tanto por la introducción, una mezcla de visuales misteriosos y un texto pseudo filosófico recitado por una voz que recuerda a la de Lynch; como por el guionista de los episodios dirigidos por este, Barry Gifford. Gifford fue el escritor de la novela Corazón Salvaje, con cuya adaptación Lynch consiguió la Palma de oro en Cannes. Posteriormente colaborarían en Carretera Perdida (1997). El único beneficiado de la serie será el propio guionista, pues convertiría los textos de la serie en una trilogía de obras teatrales.
El espíritu innovador y pionero del director del director de Cabeza borradora (1977) se manifestó de nuevo con la llegada de Internet, ya a través de su página personal web personal, buscó forzar los límites de los nuevos medios digitales para crear. Dentro de ella, podías encontrar el universo del artista en sus múltiples facetas. Cortos, experimentos, blogs y lo que aquí nos interesa, dos series de animación. Esta intromisión en los nuevos medios y posibilidades de expresión de la red son clave para entender su obra dentro de este siglo, pero eso lo abordaremos posteriormente.
En el caso de Dumbland (2001 – 2003) es un caso particular. Nace como una petición de la compañía Macromedia, para que el director realicé una serie con el paquete de ahora extintas herramientas de Flash disponibles desde el portal shockwave.com. El resultado fue una serie de animación de ocho capítulos de apenas tres minutos de duración que aborda una perspectiva diferente del mundo de Lynch. Regresa al mundo de la animación de sus cortos iniciales, ya sean Seis hombres enfermos (1966) o El alfabeto (1968), aunque fuera de ser un mero experimento formal si posee una trama a la que agarrarse. Otras características con sus piezas cortas serían tanto lo grotesco en los cuerpos y el concepto de los cuerpos deformes como los efectos de sonido etéreos, reminiscentes a la industria y la electricidad. Lynch aquí se encargó del guion, la dirección, la animación y el sonido. De ahí su sencillez, con una animación muy simple de escasos fotogramas carente de colores más allá del blanco del fondo y los contornos de las figuras en negro. Le otorga un aspecto de boceto u obra no acabada.
De estructura episódica, Dumbland sigue a una familia en un barrio suburbial, compuesta por un padre, su mujer y su hijo. En cada capítulo aparecen pequeños intrusos en la cotidianidad de esta familia, sucesos que dan pie a un estallido de violencia, tanto física como verbal, por parte del padre. La intromisión puede ser un vecino pesado, un vendedor ambulante, una plaga de hormigas o una mosca en lo que no deja de ser una parodia feroz y bizarra de la sociedad norteamericana, aún con su particular tono surrealista. La serie está plagada de arquetipos que culturalmente asociamos a los Estados Unidos y de los que se ríe además de criticar. Principalmente la violencia, que se manifiesta continuamente de muchas formas y contra todo, ya sean los tiroteos, las palabrotas o incluso la violencia doméstica. No deja de ser una comedia muy negra a nivel subtextual, pero en su base se muestra como un humor muy bizarra y soez. Posee un humor simplista, más cercano a la comedia física de On the air, aunque mucho más gamberra con pedos, heces, vómito o sangre. No es un humor refinado, es un humor simple e infantil propio de las series para animación para adultos de la época o de algo como Jackass (2000). Si bien si posee un tono lynchiano, por ejemplo, en el surrealista baile de las hormigas en el último capítulo, posee una menor sutileza en su retrato de EEUU y omisión de mucho de lo que le hace característico en pos de un tono más burdo.
Mucho más reminiscente a su puesta en escena habitual, fue la miniserie Rabbits (2002). Una sitcom extraña protagonizada por personas disfrazadas de conejos interpretando a tres personajes dentro de una habitación, muy similar a la habitación de Hotel Room. La serie se conforma por acciones cotidianas, entradas o salidas de plano de uno u otro personaje y diálogos inverosímiles. Las frases de los personajes, mayormente preguntas con posterior respuesta, parecen descolocadas en el tiempo, algo intencional si pensamos que fue grabada sin sonido y posteriormente sonorizada. Todo nos recuerda a la sitcom de estudio tradicional, debido al uso de un único escenario, los pocos personajes, las luces totalmente artificiales y el uso de risas y aplausos enlatados. Lynch propone una trastocada versión de la comedia de situación por su incomodidad como en el uso de elementos surrealistas e incluso de terror.
La serie se colma de espacios en blanco y espacios incómodos, tanto por los silencios como por el hieratismo de los movimientos de los personajes. Elementos como la presencia que advierten continuamente les está hostigando se puede entender como una metáfora de la alienación social del individuo o una forma de criticar este modelo de producción y cuestionar nuestra mirada frente a la imagen televisiva. La presencia de elementos surrealistas propias del director se presenta más explícitamente en la parte final de algunos capítulos con un cambio a rojo de la estancia y la presencia de una boca sobrepuesta a la imagen recitando textos inteligibles. De la misma forma los episodios compuestos por monólogos el uso de una bola de fuego en la parte superior derecha de la habitación nos recuerda motivos visuales presentes en Twin Peaks: The Return (2017). La guinda del pastel la pone Angelo Badalamenti, compositor habitual del director con una pieza atmosférica y tenue que aumenta la tensión y extrañeza.
Rabbits puede entenderse como el punto intermedio entre Mulholland Drive, la cual recordemos nace como piloto televisivo, y Inland Empire (2006), su última película convencional. Del filme anterior recoge el cast compuesto por Naomi Watts, Laura Harring, Scott Coffey y Rebekah del Rio. Mientras que, de la cinta de 2006 puede entenderse esta serie como una de las bases de su desarrollo. En parte, por el uso de experimentación con cámaras digitales que posteriormente empleará en Inland Empire, además de la inclusión de manipulación de la imagen por la vía de la edición. Otra parte, y la que hizo más reconocible este proyecto menor, fue la inclusión de parte de las escenas de la serie dentro de la película, un collage de escenas y realidades donde la presencia de estas secuencias sorprende por su forma dentro de un filme de tres horas totalmente inesperado.
Lo interesante de estas piezas no
son estas, sino la capacidad del director de crear obras diferentes manteniendo
ese espíritu creativo y personal en todo lo que crea. Esta colección de
experimentos y series “fallidas” respira David Lynch, ya sea por sus elementos
surrealistas o extraños como por su humor y retrato del ser humano moderno,
pero siempre desde una aspiración de innovar y no repetirse.
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